PUENTES
(por Edgar Sánchez)
Una
luna tímida se adivinaba entre la neblina de aquella noche. Él
estaba ahí, roto de angustia, apesadumbrado, rellenando de pálido
dolor el hueco de aquel infame portal, justo al lado del pub en el cual
la había visto.
Aquella noche podría ser una noche de sábado normal como lo
habían sido desde hacía años, pero el caprichoso destino
decidió joderle en aquel momento, justo cuando menos lo necesitaba.
Hacía sólo diez minutos que había entrado en el Vicent´s
dónde un cargado ambiente de humo, Enrique Iglesias y tenue luz envolvían
una imagen que inmediatamente supo que permanecería en su retina
durante años. Amanda, su aire, su agua, el alimento de sus sueños
y el estandarte de sus deseos. El motor de su vida desde hacía más
de tres años. La persona que había dotado a las palabras "te
quiero" de un significado tan sencillo y especial. La responsable de
que películas como Casablanca, Ghost o Elegir un amor tuvieran por
fin un sentido distinto para él, después de haberlas visto
un montón de veces por la tele.
Esa niña mujer cuyo aspecto tan frágil, le colmaba de fuerza
cuyo cuerpo era parte de su cuerpo y cuyos vacíos y huecos eran parte
de su ser más completo.
Esa mujer niña que estaba ahí, en aquel momento, abrazando
a otro tío, mezclando su cuerpo con el de otro tío, confundiendo
sus labios con los de otro tío. Un tío cachas, uno de esos
guaperas de mierda con los que no se puede competir.
En aquel instante, deseo matar a aquel hombre, estrangularle, coserle a hostias hasta secarle la gomina. Pero a quién iba a engañar. Aquel tío no tenía la culpa de nada. Simplemente era un guapín que había entrado a una tía buena. Amanda era una tía buena, quizá el había perdido la objetividad hacía tiempo, pero todo el mundo se lo decía. Desde luego para él, era la mujer más bella del mundo. Tenía sus defectos, pero él los ignoraba. La idolatraba. Era la única chica de la cual se había enamorado realmente, la primera a la que prefería abrazar antes que follar. Había pasado noches enteras de insomnio voluntario observándola mientras dormía, sintiendo su respiración, y cuando se despertaba, mostrándole sus ojos, él veía en ellos a Dios.
Pero Dios debía de estar muy ocupado en aquella época para ocuparse de un pringado como él.
Allí estaban los dos, formando una unidad. Notó como todos los besos que le había dado se borraban y perdían entre el humo y el sudor de las Vanessas que bailaban como poseidas aupadas a sus interminables plataformas.
Así
que cerró los puños, apretó los dientes, y conteniendo
como pudo la humedad de sus ojos, dio media vuelta y salió del bar
sin decir nada.
Ahí estaba, sentado en aquel portal, con los puños enterrados
en su chaqueta y sólo. Pensó por un momento que nada ni nadie
podría haber estado nunca tan sólo como lo estaba él
en ese instante.
Había sido siempre un chico solitario, de hecho, antes de Amanda, su madre, su hermana, su amante y sus amigas se llamaban Soledad, pero el desconocimiento es el consorte de la felicidad, y en ese momento estaba seguro de que no podría volver a aquel estado anterior.
Cuando
empezó todo hacía ya más de tres años, él
ya sabía en su interior que aquello no duraría mucho. Amanda
era demasiado buena para él. A decir verdad, no se explicaba como una
chica como aquella se habría fijado en alguien como él, un saco
de imperfecciones y complejos.
Pero inexplicablemente pasaban los meses, los años, y seguían
juntos. Puede que sólo fuera un reto para ella, de cualquier modo,
lo cierto es que él rezaba todas las noches para que todo siguiera
siendo igual. Incluso llegó el momento en el que creyó que estarían
juntos para siempre. Y ahora ella estaba allí, en aquel bar, sintiendo
el calor de un cuerpo ajeno, y el estaba aquí, es este infame portal,
pasando un frío de cojones.
¿Y
Ahora qué?, Por supuesto no iba a entrar en aquel bar de nuevo, es
más, se juró a sí mismo no volver a pisar aquel local
mientras viviera. Supongo que podría haber buscado a sus amigos y hablar
con alguno de ellos acerca de toda aquella mierda que le estaba estrangulando.
La verdad es que nunca le faltó el abrazo de un amigo cuando no encontraba
el abrazo de las mujeres. Pero seguro que estarían todos con sus novias
y el que no, demasiado borracho como para hablar. Además ya no era
lo mismo que antes, les había dejado un poco de lado últimamente,
se sintió mal y arrepentido por eso sus amigos siempre habían
sido sus amigos, y sabía que nunca le dejarían tirado por un
guapín engominado.
Pero quizá ya fuera demasiado tarde para recuperar todo eso, nunca
es demasiado tarde para casi nada, pero a él le pareció que
sí, además en el fondo sabía que ya no podría
ser nunca mejor amigo de nadie como lo había sido de Amanda. Ella le
había enseñado no sólo el significado de la palabra amor,
sino también el de la palabra amistad, ella le enseñó
a jugar al Scattergories, le enseñó a comer cangrejos, le enseñó
a besar, le enseñó a tocar la guitarra y a amar a Bob Dylan,
le enseñó las tetas, y cada vez que se despertaba a su lado,
le enseñaba la cara de Dios, cómo podría un amigo competir
con eso ahora.
Sintió que se estaba ahogando, la soledad, la angustia y el vacío
montaban un motín en su interior y la canción Oh Melancolía
de Silvio no dejaba de resonar en sus oídos. Así que decidió
que lo mejor sería salir de allí, arrancar la lástima
de aquel portal y caminar hacia su casa. En realidad era lo último
que querría hacer , pero supuso que sería lo más fácil.
Un
par de Kilómetros separaban aquel lugar de su casa, normalmente cogía
un taxi o iba caminando, charlando con Amanda. Pero aquel día no hablaría
con nadie, simplemente no le apetecía, es más, no cogió
un taxi por no verle la cara al conductor, Así que metió sus
manos en los bolsillos y se dirigió a sus casa con un aire melancólico
de peregrino que no va a ninguna parte. Transcurría la segunda quincena
de enero, hacía mucho frío, un gélido aire cortaba sus
mejillas como una cuchilla, exactamente igual a como sus pensamientos cortaban
su alma. Pensó mil cosas y no pensó ninguna. ¿qué
iba a hacer ahora?.
No tenía ninguna gana de empezar una relación de nuevo otra
vez de cero. Sus amigos se habían distanciado, Amanda se había
ido para siempre, ¿qué habría fallado?. Puede que últimamente
no hablaran demasiado, ya no llamaba a su casa tanto como antes, ni le decía
lo guapa que estaba tan a menudo quizás el haber perdido el miedo a
perderla fuera la última y terrible causa de su pérdida. Pero
ya era demasiado tarde, casi nunca es tarde para casi nada, pero para él
era tarde, demasiado tarde.
Pensó en su familia, en su trabajo, cualquiera podría haberse refugiado en eso, pero las cosas para él no eran tan fáciles, la relación con su familia era bastante tensa, sobretodo desde lo de Javi. Y el trabajo, el trabajo era una puta mierda. En general le pareció que todo era una mierda. No, era menos, una mierda es tangible, una mierda es algo, el no tenía nada, todo era nada.
Quizá
fuera casualidad, o tal vez, aquel dios que no tenía demasiado tiempo
para él le había encontrado un hueco en su apretada agenda y
puso allí aquel puente, justo en el mismo momento en el que todo aquel
dolor atravesaba su cabeza y corazón.
Era un puente alto, frecuentado por coches, y que daba al antiguo cauce de
un río, ya no quedaba agua, sólo un pútrido hilillo entre
verde y marrón. Pensó que aquél río se apagaba
como su vida. Miró hacia abajo como tantas veces lo había hecho,
y pensó en tirarse como tantas veces había hecho, pensó
en las razones para no hacerlo como siempre hacía, pero aquél
día en aquél momento, no pudo encontrar nada que le atara a
la existencia. Así que cerró los ojos y se dejó caer.
No hubo gritos, ni ruido, solo un golpe sordo y seco, el sentir de una tenue
luz apagándose y el lejano sonido de un motor.
Puede que tuviera razón después de todo, y que fuera la falta de comunicación entre ellos lo que hubiera causado el fatal desenlace. Tal vez si hubiera hablado más últimamente con ella le hubiera recordado que tenía una hermana gemela que vivía desde hacía años en Boston, que se parecían mucho, que iba a ir a la ciudad ese fin de semana después de cuatro años, que por la mañana había estado en casa y le había prestado unos trapitos y que aquella noche, saldría con su novio, un chico que había venido con ella desde Boston, uno de esos americanos cachas y guapos que utilizan litros de gomina.