NIÑO Y PALO
(Edgar Sánchez)

Allí estaba aquel niño, como perdido, jugando con un palo, quizá fuera una barra de hierro, quién sabe.
Estaba solo, pero disfrutaba sin duda de su soledad y de su palo; Un instrumento que a buen seguro su madre no habría autorizado. Él lo sabía, pero que mas daba, puede que fuera esa la razón por la que se encontraba tan a gusto jugando con su palo. De todos es sabido que a los niños les atrae lo prohibido, al igual que todo el mundo sabe que estos tiernos retoños sienten una gran atracción por lo simple.¿Quién no tiene un hijo o un hermano o un sobrinito al cual haya regalado un coche teledirigido o el último aparato tecnológicamente infernal de turno, y el angelito se ha mostrado más encandilado por la caja que por el juguete en sí? Una caja que seguro nos habría regalado gustoso el dependiente de la tienda y en cambio aquel caro juguete pasa a engrosar la terrible galería de juguetes e instrumentos varios olvidados en el armario del niño. ¿No es como para matarlos?, pero bueno, después de todo supongo que es ahí donde reside el encanto de los niños.

Este mismo misterio que hace capaz que uno de estos diminutos seres sea feliz con un palo sucio y una soledad inaudita, caminando por un barrio del extrarradio de una pequeña ciudad.

Tal vez, como dicen, la ignorancia vaya de la mano de la felicidad y esta sea la razón por la cual nuestros niños, que en definitiva no son sino un inmenso campo por cultivar sean capaces de mantener ese brillo característico en los ojos aún en las circustancias más adversas. Esa mirada destelleante que te voltea el corazón y te hace preguntarte un montón de cosas, esa mirada que , no obstante, se irá perdiendo con el tiempo a base de golpes y desengaños. O quizá sea al contrario, puede que no sólo no se sea ignorante a esa edad, sino que la preclaridad de una mente abrumadora lo llene todo y realmente sea esa la única época en la que somos sabios. Una sabiduría que irremisiblemente se pierde con los años y que no somos capaces de recuperar, ni siquiera de recordar. Puede que sólo unos pocos privilegiados sean capaces de esto, pero solamente a través de pequeños flashbacks, chispas de un vestigio de tiempo olvidado que saltan para plasmarse en un lienzo, una película o un folio.

Del modo que fuera, aquel chico pertenecía a ese ejército de pequeños genios sin futuro, con brillo en los ojos y mierda en los zapatos, y estaba tan feliz caminando por aquella calle sucia con su pelo sucio y con su palo sucio.

Arrastraba sus pies por la acera mientras golpeaba el palo contra una barandilla oxidada, produciendo un ruido metálico, cadente y acompasado que rebotaba en la cabeza de todo el que pasaba por allí, que rebotaba también en su cabeza, la misma cabeza que ignoraba que en ese mismo momento, su padre, inflado de alcohol, estaría inflando a María, su madre, a hostias; como casi siempre, sin una razón aparente, sólo por el mero hecho de sacar el veneno fuera. Hay quién lo saca llorando, escribiendo un verso y hay quien lo saca, por desgracia, dando hostias a María.

Tal vez si su hermano mayor hubiera estado en casa aquella tarde se hubiera podido evitar lo inevitable, no era de extrañar que algún día a su padre la mano se le fuera un poco más de la cuenta y la cosa acabara mal, pero quién le iba a discutir, después de todo era su casa, su mujer y su botella.

Además su hermano no podía estar en casa un martes por la tarde, andaba demasiado ocupado buscando algo por ahí con que ponerse.

Me gustaría terminar de escribir esto diciendo que finalmente, a aquél niño que golpeaba la barandilla con un palo sucio,la vida le regaló alas blancas para escapar de todo y hoy es un muchacho feliz y "de provecho", pero desgraciadamente casi siempre somos lo que las circustancias hacen que seamos.

Aquel niño de mirada destelleante se llama Miguel, lleva seis años en la carcel de Basauri y desde hace dos o tres es seropositivo.

Aunque para mí siempre será aquel chavalín revoltoso que se solía pasear por mi barrio el solo, golpeando la vieja barandilla con un palo sucio.

 

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