Estaba sólo,
pero paradójicamente se sentía muy acompañado. Estaba
aturdido, confuso, perdido y terriblemente sólo, más ni por
un momento tuvo miedo, ni siquiera un atisbo de incertidumbre se asomaba ahora
por su mente. Aquello era muy raro, pero pocas veces se habría sentido
tan seguro en un ambiente aparentemente hostil.
Y es que él siempre se mostraba cómodo en sitios conocidos y
continuamente trataba de evitar lugares extraños en los cuales no disponía
de las armas que le permitieran escudarse de una posible intrusión
exterior. Era un hombre tímido, con una autoestima que dejaba bastante
que desear, lo que le había llevado a fabricar aquel caparazón
hecho de capas y más capas infranqueables de culpa que le mantenían
aislado de la realidad.
Pero ahora parecía no importarle nada desconocer completamente aquel lugar, no haber pisado antes aquellos pasos desconocidos, parecía no importarle que aquella realidad se hubiera superpuesto a la suya.
Le vino por un momento
a la cabeza la imagen de su abuelo, algo extraño porque hacía
tiempo que su abuelo dejaba de acompañarle en sus pensamientos como
a menudo solía hacer poco después de su muerte. Su abuelo fue
un hombre con carácter, de talante firme y severo, pero terriblemente
magnánimo. Un hombre trabajador curtido por una azarosa existencia,
emigrante en sus años jóvenes y con esa filosofía de
vida que solamente tienen los justos, que se hacen más justos con la
edad.
Su abuelo le enseñó esas cosas que los abuelos enseñan
a sus nietos, con la diferencia de que en su caso, esa sería la única
referencia que a él le quedaría tras la pronta muerte de sus
padres y su hermano pequeño en aquél abominable accidente de
tráfico que condicionaría su vida desde entonces.
Pero hacía ahora más de 15 años que su abuelo fue a acompañar
al resto de su familia, y desde entonces se veía caminando por el mundo,
por su mundo..completamente sólo, nunca tuvo pareja, no tuvo verdaderos
amigos, sólo él, él sólo.
Pero esta vez el camino no era conocido, el camino era extraño. Este
camino estaba completamente dibujado de huellas, sí he dicho bien,
innumerables huellas. Parecía como si un ejército acabara de
pasar por allí, dejando marcada en aquella aséptica arena su
podal impronta.
Se fijó bien en aquellas huellas, las había de todas clases,
huellas de pies enormes, parecía como si algún monstruo escapado
de alguna de las novelas de Julio Verne hubiera pasado por allí . También
vio huellas de pies diminutos, que bien hubiera atribuido a un niño
de corta edad, incluso llegó a cuestionarse si alguien con unos pies
tan pequeños tendría la edad suficiente como para caminar solo,
aunque fuera por aquel camino tan extraño.
Podía ver dibujadas en la arena la marca de suelas de los más
diversos calzados, incluso creyó adivinar la silueta de un jugador
de baloncesto en una de esas huellas, probablemente de una zapatilla deportiva,
que terminaba mezclándose con otras huellas, éstas aparentemente
de extraños calzados que marcaban en la arena pisadas de zuecos y sandalias,
estas huellas le parecieron traídas de otros tiempos, otras culturas
lejanas.
Huellas , huellas y más huellas que se apelmazaban, que se estrangulaban
y superponían unas a otras, un extraño camino de extraña
arena cubierto de extrañas huellas.
Que misterioso era todo aquello , qué pensaría de esto su pobre
abuelo, uno de los hombres más atados a la realidad que jamás
nadie hubiera conocido, al menos en su barrio.
Él, sin embargo, siguió caminando, hermanando su rastro de huellas
con aquel otro rastro de pisadas desconocidas que serpenteaban a lo largo
de todo el camino. Por un momento le pareció ciertamente raro que con
tal cantidad de huellas no hubiera rastro de ser humano por allí.
Sólo él caminaba ahora por aquel sendero , como siempre lo había
hecho por el sendero de su vida ,y no necesitaba cuestionarse nada más
por el momento. Se encontraba cómodo, a gusto, extrañamente
confortable caminando por allí, ¿ habría por fin llegado
a vencer ese miedo a lo desconocido en aquel lugar?. Era una sensación
agradable, quizás ahora cada vez que quisiera encontrar la seguridad
que tanto deseaba, podría dirigirse allí, pero, ¿Cómo
había llegado? Desgraciadamente no lo recordaba. En aquel instante,
mientras estaba inmerso en sus pensamientos notó algo que le causó
cierta molestia, era aquel agudo zumbido que venía oyendo desde hacía
rato, y que ahora empezaba a incomodarle. Un sonido chillón y prolongado
que no podía sacarse de los oídos. Se preguntó que podría
ser aquello, si tendría algo que ver con su cabeza o vendría
del exterior, todo era tan extraño en aquel lugar, ¿Estaría
volviéndose loco?. Trató de ignorarlo y siguió su camino.
¿Hacia dónde iría?, ¿hacia dónde le llevaría
aquel laberinto de huellas?. No le importaba. No se lo cuestionaba. Él
andaba, simplemente andaba, y estaba bien, muy bien, hacía tiempo que
no se encontraba tan bien, tal vez nunca se encontró así y quería
disfrutar de ese momento, y esa sensación de bienestar era aun mejor
a medida que avanzaba.
Un inmenso placer interior, sólo quebrantado por aquél pequeño
y penetrante zumbido en sus oídos, pero bueno, nada es perfecto en
esta vida, pensó, y siguió su viaje.
Llevaba ya tiempo caminando, no podría precisar a ciencia cierta cuanto,
un rato, unas horas, un día.. la verdad es que la palabra tiempo parecía
perder su significado a medida que avanzaba por aquel camino que ya había
hecho suyo.
A ciencia cierta, en aquel momento no podía asegurar siquiera qué
hora del día sería, no llevaba reloj y por la luz, él
hubiera jurado que debía ser por la tarde, pero de algún extraño
modo, la claridad de aquel día aumentaba según iba avanzando
en su caminar.
Intentó localizar el sol, no pudo, no vio el sol por ningún
sitio a pesar de que no había ni rastro de nubes.
Aquello debió parecerle raro, pero no. ¿Extraño? Que
más da si todo era extraño en aquel lugar, pero estaba tan bien,
tan seguro de si mismo, tan confiado, que a un nimio detalle como aquel no
debía dársele la menor importancia, al igual que no había
que darle importancia a aquel molesto zumbido y a aquel mar de extrañas
huellas que de pronto parecía debilitarse, casi como algo mágico,
como si parte de aquellos antiguos caminantes que como él frecuentaron
en algún momento aquel sendero misterioso se hubieran desvanecido en
la mitad de ese ir a quién sabe dónde.
Ni siquiera dio importancia a aquellos intrigantes personajes que desde hacía
unos instantes se venían apostando a ambos flancos del camino. Unas
sinuosas figuras de indefinida silueta que a pesar de sus fastuosos hábitos,
que apenas dejaban adivinar cuerpos y rostros, él creyó reconocer,
y cuya presencia, no sólo no le disgustaba, asustaba o violentaba,
sino más bien al contrario. Aquellos seres parecían arroparle
en su caminar, se sintió como el ciclista al que un numeroso público
jalea justo en el momento anterior a conseguir su anhelada victoria, y ahora
él sólo quería avanzar un poco más en su propia
victoria , exactamente del mismo modo que avanzaba la claridad de aquel extraño
lugar en aquel extraño día en un intento de amanecer sobre la
luz del día, y así ser capaz de averiguar al fin el significado
de aquel inmenso bienestar sólo alterado por aquel pequeño e
infame sonido que sentía dentro de su cabeza y que en aquel mismo instante
parecía entrecortarse. El uniforme zumbido prolongado que venía
acompañándole todo el camino daba ahora paso a una cadencia
de pequeños pitidos entrecortados.
De pronto , en un segundo,
cambió todo, muchas de las cosas importantes de este mundo cambian
en un segundo, recordó como un segundo sesgó la vida de sus
padres en aquel infame accidente de tráfico que cambió su vida,
recordó el segundo en que su abuelo amarrándole con fuerza la
mano, le dijo sin palabras : - Te quiero Alberto, en el momento de expirar
en la cama de aquél frió hospital, el mismo segundo, un universo
de tiempo, en el que ahora notaba que le faltaba el aire, y que le hizo pensar
que quizá este fuera su momento, su segundo.
Cerró los ojos y sintió una fuerte convulsión en su pecho.
Cuando
volvió a abrirlos , se encontró tumbado en un quirófano
bajo un foco de luz blanca intensa y rodeado de un numeroso grupo de médicos
enfundados en sus batas verdes y con los rostros cubiertos por mascarillas.
Uno de ellos exclamó con fuerza :¡Le tenemos chicos, le tenemos!
A pesar de que la mascarilla ocultaba su cara, los ojos de aquél médico
que había gritado estas palabras delataban una profunda sonrisa de
satisfacción por el trabajo bien hecho, los mismos ojos clínicos
que en un intento de constatar la salvación del paciente se dirigían
ahora a la máquina que mide las pulsaciones, una de esas máquinas
que emiten un molesto y penetrante zumbido que se hace entrecortado cuando
el corazón vuelve a latir.
Los ojos de Alberto, en cambio, no sonreían.