Huellas
(por Edgar Sánchez)

Estaba sólo, pero paradójicamente se sentía muy acompañado. Estaba aturdido, confuso, perdido y terriblemente sólo, más ni por un momento tuvo miedo, ni siquiera un atisbo de incertidumbre se asomaba ahora por su mente. Aquello era muy raro, pero pocas veces se habría sentido tan seguro en un ambiente aparentemente hostil.
Y es que él siempre se mostraba cómodo en sitios conocidos y continuamente trataba de evitar lugares extraños en los cuales no disponía de las armas que le permitieran escudarse de una posible intrusión exterior. Era un hombre tímido, con una autoestima que dejaba bastante que desear, lo que le había llevado a fabricar aquel caparazón hecho de capas y más capas infranqueables de culpa que le mantenían aislado de la realidad.

Pero ahora parecía no importarle nada desconocer completamente aquel lugar, no haber pisado antes aquellos pasos desconocidos, parecía no importarle que aquella realidad se hubiera superpuesto a la suya.

Le vino por un momento a la cabeza la imagen de su abuelo, algo extraño porque hacía tiempo que su abuelo dejaba de acompañarle en sus pensamientos como a menudo solía hacer poco después de su muerte. Su abuelo fue un hombre con carácter, de talante firme y severo, pero terriblemente magnánimo. Un hombre trabajador curtido por una azarosa existencia, emigrante en sus años jóvenes y con esa filosofía de vida que solamente tienen los justos, que se hacen más justos con la edad.
Su abuelo le enseñó esas cosas que los abuelos enseñan a sus nietos, con la diferencia de que en su caso, esa sería la única referencia que a él le quedaría tras la pronta muerte de sus padres y su hermano pequeño en aquél abominable accidente de tráfico que condicionaría su vida desde entonces.

Pero hacía ahora más de 15 años que su abuelo fue a acompañar al resto de su familia, y desde entonces se veía caminando por el mundo, por su mundo..completamente sólo, nunca tuvo pareja, no tuvo verdaderos amigos, sólo él, él sólo.
Pero esta vez el camino no era conocido, el camino era extraño. Este camino estaba completamente dibujado de huellas, sí he dicho bien, innumerables huellas. Parecía como si un ejército acabara de pasar por allí, dejando marcada en aquella aséptica arena su podal impronta.

Se fijó bien en aquellas huellas, las había de todas clases, huellas de pies enormes, parecía como si algún monstruo escapado de alguna de las novelas de Julio Verne hubiera pasado por allí . También vio huellas de pies diminutos, que bien hubiera atribuido a un niño de corta edad, incluso llegó a cuestionarse si alguien con unos pies tan pequeños tendría la edad suficiente como para caminar solo, aunque fuera por aquel camino tan extraño.
Podía ver dibujadas en la arena la marca de suelas de los más diversos calzados, incluso creyó adivinar la silueta de un jugador de baloncesto en una de esas huellas, probablemente de una zapatilla deportiva, que terminaba mezclándose con otras huellas, éstas aparentemente de extraños calzados que marcaban en la arena pisadas de zuecos y sandalias, estas huellas le parecieron traídas de otros tiempos, otras culturas lejanas.

Huellas , huellas y más huellas que se apelmazaban, que se estrangulaban y superponían unas a otras, un extraño camino de extraña arena cubierto de extrañas huellas.

Que misterioso era todo aquello , qué pensaría de esto su pobre abuelo, uno de los hombres más atados a la realidad que jamás nadie hubiera conocido, al menos en su barrio.

Él, sin embargo, siguió caminando, hermanando su rastro de huellas con aquel otro rastro de pisadas desconocidas que serpenteaban a lo largo de todo el camino. Por un momento le pareció ciertamente raro que con tal cantidad de huellas no hubiera rastro de ser humano por allí.

Sólo él caminaba ahora por aquel sendero , como siempre lo había hecho por el sendero de su vida ,y no necesitaba cuestionarse nada más por el momento. Se encontraba cómodo, a gusto, extrañamente confortable caminando por allí, ¿ habría por fin llegado a vencer ese miedo a lo desconocido en aquel lugar?. Era una sensación agradable, quizás ahora cada vez que quisiera encontrar la seguridad que tanto deseaba, podría dirigirse allí, pero, ¿Cómo había llegado? Desgraciadamente no lo recordaba. En aquel instante, mientras estaba inmerso en sus pensamientos notó algo que le causó cierta molestia, era aquel agudo zumbido que venía oyendo desde hacía rato, y que ahora empezaba a incomodarle. Un sonido chillón y prolongado que no podía sacarse de los oídos. Se preguntó que podría ser aquello, si tendría algo que ver con su cabeza o vendría del exterior, todo era tan extraño en aquel lugar, ¿Estaría volviéndose loco?. Trató de ignorarlo y siguió su camino.
¿Hacia dónde iría?, ¿hacia dónde le llevaría aquel laberinto de huellas?. No le importaba. No se lo cuestionaba. Él andaba, simplemente andaba, y estaba bien, muy bien, hacía tiempo que no se encontraba tan bien, tal vez nunca se encontró así y quería disfrutar de ese momento, y esa sensación de bienestar era aun mejor a medida que avanzaba.
Un inmenso placer interior, sólo quebrantado por aquél pequeño y penetrante zumbido en sus oídos, pero bueno, nada es perfecto en esta vida, pensó, y siguió su viaje.

Llevaba ya tiempo caminando, no podría precisar a ciencia cierta cuanto, un rato, unas horas, un día.. la verdad es que la palabra tiempo parecía perder su significado a medida que avanzaba por aquel camino que ya había hecho suyo.
A ciencia cierta, en aquel momento no podía asegurar siquiera qué hora del día sería, no llevaba reloj y por la luz, él hubiera jurado que debía ser por la tarde, pero de algún extraño modo, la claridad de aquel día aumentaba según iba avanzando en su caminar.
Intentó localizar el sol, no pudo, no vio el sol por ningún sitio a pesar de que no había ni rastro de nubes.
Aquello debió parecerle raro, pero no. ¿Extraño? Que más da si todo era extraño en aquel lugar, pero estaba tan bien, tan seguro de si mismo, tan confiado, que a un nimio detalle como aquel no debía dársele la menor importancia, al igual que no había que darle importancia a aquel molesto zumbido y a aquel mar de extrañas huellas que de pronto parecía debilitarse, casi como algo mágico, como si parte de aquellos antiguos caminantes que como él frecuentaron en algún momento aquel sendero misterioso se hubieran desvanecido en la mitad de ese ir a quién sabe dónde.

Ni siquiera dio importancia a aquellos intrigantes personajes que desde hacía unos instantes se venían apostando a ambos flancos del camino. Unas sinuosas figuras de indefinida silueta que a pesar de sus fastuosos hábitos, que apenas dejaban adivinar cuerpos y rostros, él creyó reconocer, y cuya presencia, no sólo no le disgustaba, asustaba o violentaba, sino más bien al contrario. Aquellos seres parecían arroparle en su caminar, se sintió como el ciclista al que un numeroso público jalea justo en el momento anterior a conseguir su anhelada victoria, y ahora él sólo quería avanzar un poco más en su propia victoria , exactamente del mismo modo que avanzaba la claridad de aquel extraño lugar en aquel extraño día en un intento de amanecer sobre la luz del día, y así ser capaz de averiguar al fin el significado de aquel inmenso bienestar sólo alterado por aquel pequeño e infame sonido que sentía dentro de su cabeza y que en aquel mismo instante parecía entrecortarse. El uniforme zumbido prolongado que venía acompañándole todo el camino daba ahora paso a una cadencia de pequeños pitidos entrecortados.

De pronto , en un segundo, cambió todo, muchas de las cosas importantes de este mundo cambian en un segundo, recordó como un segundo sesgó la vida de sus padres en aquel infame accidente de tráfico que cambió su vida, recordó el segundo en que su abuelo amarrándole con fuerza la mano, le dijo sin palabras : - Te quiero Alberto, en el momento de expirar en la cama de aquél frió hospital, el mismo segundo, un universo de tiempo, en el que ahora notaba que le faltaba el aire, y que le hizo pensar que quizá este fuera su momento, su segundo.
Cerró los ojos y sintió una fuerte convulsión en su pecho.

Cuando volvió a abrirlos , se encontró tumbado en un quirófano bajo un foco de luz blanca intensa y rodeado de un numeroso grupo de médicos enfundados en sus batas verdes y con los rostros cubiertos por mascarillas.
Uno de ellos exclamó con fuerza :¡Le tenemos chicos, le tenemos!
A pesar de que la mascarilla ocultaba su cara, los ojos de aquél médico que había gritado estas palabras delataban una profunda sonrisa de satisfacción por el trabajo bien hecho, los mismos ojos clínicos que en un intento de constatar la salvación del paciente se dirigían ahora a la máquina que mide las pulsaciones, una de esas máquinas que emiten un molesto y penetrante zumbido que se hace entrecortado cuando el corazón vuelve a latir.

Los ojos de Alberto, en cambio, no sonreían.


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