Todos dormían. ¿También el muchacho? Lo espió sin disimulo. La volvía loca su aspecto desamparado y sus labios perfectos. Seguro que no estaba durmiendo. Seguro que la contemplaba a hurtadillas, cuando ella no miraba. Cerró los ojos. Subió más aún su falda. Abrió sus muslos sedosos hasta dejar al descubierto el deseo que se escondía entre sus piernas. Se acarició sensualmente por encima de las bragas celestes y abrió los ojos. Había acertado. El joven había cerrado los ojos rápidamente, pero el color rojizo de su cara lo delataba. Y también el bulto que se hinchaba por momentos dentro de su bragueta. Lo miró intensamente y se humedeció los labios. Entonces pareció darse cuenta de la situación. ¿Pero qué estaba haciendo? Sintió vergüenza de sí misma y fue entonces cuando salió al pasillo. Mientras ve pasar los campos de girasoles a través de la ventanilla piensa en su comportamiento. ¿Por qué lo ha hecho? Ella nunca es así. Más bien se muestra un tanto reprimida en sus relaciones sexuales. Pero no puede evitarlo: cada vez que viaja en tren su libido se desboca. Aún recuerda la escena de una película en la que un desconocido hace el amor a la protagonista sin que ésta se gire ni por un momento para ver quién la está follando. Inconscientemente arquea su espalda y echa su culo hacia atrás. Y entonces lo siente. Primero un roce. Luego un contacto más firme. Unas manos grandes acariciándole el trasero. El muchacho del compartimento, sin duda. Entonces decide no averiguarlo. Como en la película que recuerda, se jura no volver la cabeza ni una sola vez para saber quién la está acariciando con tanto ardor. Más que su masaje, éste pensamiento morboso le abre el grifo de sus jugos interiores, que inundan sus bragas. El desconocido sabe bien lo que hace. Su ritmo es lento, pero no cansino. Avanza sin pausa, abarcando cada vez más cuerpo conquistado. Sus manos rozan apenas la cara interna de sus muslos y se dirigen rápidamente hacia sus caderas, se detienen unos instantes y avanzan hasta sus pechos. Ella suspira. Nota los dedos hábiles pellizcándole los pezones. La mujer gime, abre la boca, cierra los ojos. El hombre le está masajeando ahora su zona pélvica. Los dedos, como exploradores, se cuelan entre la tela de sus braguitas, se introducen apenas en su coño, localizan el clítoris erecto. Ella piensa que se va a correr en unos segundos. Siente que el hombre le baja las bragas y se pega a su culo. Nota su polla viva presionando sobre ella. Le gustaría darse la vuelta y liberarla de su prisión de tela. Se imagina desabrochando su correa, bajándole la cremallera de los pantalones, abarcar en su mano el pene enhiesto, tragársela toda hasta la garganta y ensalivarla, apretar la cabeza entre sus labios. Pero se ha prometido a sí misma, no girarse. En vez de eso, es el hombre quien le acerca la lengua por detrás y, apartando las nalgas con sus manos, lame toda la zona. ¿Cómo podía tener una lengua tan larga y tan cálida? Nota cómo las piernas le empiezan a temblar y el orgasmo se acerca. Entonces oye una voz que le dice:
- No creas que vas a correrte ya. Quiero que me la chupes antes. Trágate mi polla entera.
Ella le replica, al borde del paroxismo:
- No me voy a dar la vuelta, hijo de puta. Fóllame si quieres. Clávame contra el cristal, pero no quiero ver tu cara. Si quieres correrte conmigo métemela hasta que me revientes.
El pitido del tren indica que se acercan a la estación. Pronto empezarían a despertarse los pasajeros y el pasillo se llenaría de gente. Entonces siente la enorme polla del desconocido abriéndose camino a través de las paredes vaginales. Está tan mojada que no encuentra obstáculo alguno y entra hasta tocar la matriz.
- Aaaaaaaahhhhhhhh!
Su grito se funde con un nuevo pitido del tren. Es demasiado para ella, pero la sensación de peligro le retiene el orgasmo. El hombre folla con destreza. Introduce su sexo hambriento y lo retira pleno de poder y jugos. Está seguro de sí mismo, nada que ver con la imagen que se había formado del muchacho del compartimento. Sus movimientos son ajustados, potentes, profundos. El tren está llegando a la estación, pero parece que nadie sale al corredor. Bendita siesta. Bendito calor que los mantiene amodorrados. El desconocido está moviendo de nuevo sus manos expertas. Moja los dedos en la boca de la mujer, eriza sus pezones, frota el clítoris. Siente que no puede más y cuando advierte que los movimientos se aceleran, se deja llevar al fin. Ambos gritan cuando pasan por la estación. Puede ver los rostros de la gente, fuera del tren, que la miran asombrados. La polla desconocida dispara chorros inagotables de semen dentro de su coño. Ella grita más:
- ¡Mmmmmmmmmmmsíiiiiiiiiiii!!! ¡Me corro! ¡Sí, sí, sí. Sí!!!! ¡Rómpeme!!! ¡Ahhhhhh!!
Su cuerpo se relaja, sus ojos se cierran de nuevo. Cuando al fin los abre de nuevo, el tren ha parado la marcha. El desconocido ha desaparecido. Sube sus bragas mojadísimas de mil jugos y olores. Se da la vuelta al fin para recoger las cosas del compartimento. En ese momento sale el joven, que la mira con timidez y se aleja.