Nuestos
Foros:
Amplia información en el foro.
AZUL
EN LOS OJOS
(Edgar Sánchez)
En el espejo se reflejaba la imagen de la ira. No era capaz de distinguir
su rostro, ni su pelo, ni su cuerpo, como tantas veces había hecho.
La verdad es que Mike era más narcisista que el propio Narciso. Amaba
al espejo, y el espejo le amaba a él.
Mike era un tipo guapo. Un hombre joven, elegante, con una facciones duras
aunque muy bellas, cabello negro y brillante que caía sobre un rostro
cubierto por una estudiada y sexy barba de tres días. Pero sobretodo
eran sus ojos, aquellos ojos azules y grandes, aquella mirada extremadamente
tierna y perversa al mismo tiempo. Eran sus ojos los culpables en gran medida
de que en su cama nunca faltara gente y puede que fueran aquellos mismos ojos
los que habrían arrastrado a Mike hacia aquella situación.
Era más
de medianoche y Mike se encontraba allí, en los servicios de aquel
bar, pero esta vez no era para peinarse y acicalarse como tantas veces hacía.
Aquella vez no podía acertar a distinguir su cara, por una vez pensó
que aquel bello rostro no debía ser el suyo.
Un hombre que hace lo que él había hecho, no podía ser
tan guapo.
Todos estos pensamientos le atravesaban y le abandonaban en un solo segundo. Nunca antes se había sentido así, y desdeluego, no le gustaba.
Una enorme ansiedad le estrangulaba, la adrenalina había alcanzado unos niveles tales en su cuerpo, que daba a todo aquello un aspecto fugaz y lejano que se distorsionaba como en una borrachera de whisky; ni siquiera el cegador rojo de sangre que inundaba sus ropas podía volver a Mike a la realidad.
¿Qué
había hecho?¿Qué es lo que había hecho?. Sí,
no había duda, le había matado. Era algo muy raro, podía
recordar cada una de las palabras que cruzaron, incluso, podía recordar
con una exactitud pasmosa el sonido de la cabeza de aquel hombre al ser golpeada
por aquella barra de metal. Recordaba cada grito, cada quejido, cada agónica
sílaba pidiendo, por Dios, clemencia.
Pero por el contrario, era incapaz de recrear el rostro de esa persona, ese
anónimo ciudadano que había sido víctima de su feroz
ataque.
Tampoco recordaba el motivo exacto por el cual empezó todo. Lo intentó,
lo intentó fervientemente, cerró los ojos, se hechó las
manos a la cara e intentó revivir la situación buscando un mínimo
resquicio de algo parecido a una razón que explicara lo que había
pasado, pero lamentablemente no pudo encontrarla.
Seguro que sí, seguro que había un motivo. Tenía que
haber un motivo para que se hubiera lanzado brutalmente sobre aquel individuo
dándole muerte.
Respiró profundamente, metió la cabeza bajo el grifo del lavabo mientras trataba de escapar de aquella tormenta mental rezando alguna cosa, hacía años que no rezaba, pero sintió la necesidad de hacer algo así, aunque su bloqueo era tal que era incapaz de recordar una oración completa. A pesar de que en su juventud, paso doce años en un colegio religioso, ahora sólo era capaz de repetir entredientes :"santificado sea tu nombre, santificado sea tu nombre" como en un mantra maldito. Qué diría el Padre Javier, si se enterara ahora de que su favorito, Miguelín, (su verdadero nombre era Miguel), era incapaz de recordar el Padre Nuestro. Qué diría si se enterara de que Miguelín tenía las manos manchadas de la sangre de un hombre al que acababa de matar.
Pensó
en esto y en otras cosas, pensó en que tendría que salir y cambiarse
de ropa y escapar de todo, escapar de sí mismo incluso,
Debía abandonar aquel bar. Sabía que no le había visto
nadie entrar al baño. El bar estaba vacío y el camarero no reparó
en Mike cuando este había entrado al local para dirigirse rápidamente
al servicio.
De repente se
abrió la puerta del baño, Entró un hombre que no estaba
en el bar cuando Mike llegó. Era un hombre de estatura media, no muy
viejo pero con el pelo cano, estaba enfundado en un elegante traje gris.
Aquél hombre se quedó paralizado, sin abrir la boca, al contemplar
a Mike frente al espejo, cubierto de sangre. Ambos se miraron. Los grandes
ojos azules de Mike se mezclaron con los asombrados ojos de aquel hombre de
estatura media y pelo cano y Miguel Pereda, Mike para los amiguetes, supo
en aquel preciso instante que tenía que matarle.